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Sabor a tierra, Juan Carlos Boiza


Portada de Sabor a tierra, de Juan Carlos Boiza López


INTRODUCCIÓN


La Guerra Civil (1936-1939) es, sin lugar a dudas, el acontecimiento más importante de la historia contemporánea de España. Causa de la muerte de más de quinientas mil personas (cifras de Julián Casanova), quizás sea, también, el más triste.

Inmediatamente después, en 1939, el país se sumiría en una dictadura fascista dirigida por el general y golpista Francisco Franco, una sombra que amedrentaría a su pueblo durante algo menos de medio siglo.

Aún hoy, cuarenta y tres años tras la muerte de un hombre que se llevó consigo a la tumba a un sinfín de víctimas, sus actos siguen teniendo repercusión.

2.457 son las fosas comunes inventariadas en España, 143.353 los desaparecidos. El debate continúa a día de hoy: dignidad por devolver o herida por cerrar.

Por mi parte la respuesta está clara. Parece ser que para el autor de Sabor a tierra, Juan Carlos Boiza (Síndone, El libro de Toth, Relatos en el límite, Cuentos Solidarios 2008, 2009 y 2019), también. Sin embargo, no se olvida de plantear, sutilmente, la duda, en una obra policíaca verdaderamente entretenida.


EL LIBRO


Desde un inicio, el lector siente la necesidad de hacer volar su imaginación, es esa la intención del libro y es, precisamente, lo que mantiene la historia. Plantea un reto al lector: un caso, dos asesinatos (que luego son más) y un cuerpo desaparecido... ¿qué pasa aquí?

Cuando se estaba a punto de desenterrar la fosa común de Hondañedo, que albergaba el cuerpo de «el Matacuras», supuesto asesino condenado a muerte sin juicio justo durante la represión franquista, dos guardia civiles son brutalmente asesinados en el lugar. En el mismo lugar y momento, el cadáver de «el Matacuras» desaparece. Así transcurren los primeros minutos del libro. Digo minutos porque Bajo la tierra no es una novela, es una auténtica película en papel. La capacidad que tiene el autor para desconcertar al lector, para jugar con su mente, para hacerle creer lo que no es y, sobre todo, para imaginarse las escenas como si estuviese viviéndolas es magnífica.

El elenco de personajes principales es reducido a nada más que dos: Daniel Castro, fiscal nacido en Hondañedo y nieto de «el Matacuras», que llega al pueblo desde Madrid el día siguiente a los dos asesinatos, y Alba Salcedo, teniente de la Guardia Civil de pasado tan incierto como tormentoso que tendrá que resolver uno de los casos más complejos de su vida.

Por otra parte, el libro no busca ningún tipo de innovación en el género. Es una novela policíaca, oscura y adulta, que intenta exprimir al máximo los recursos disponibles, pero que no tiene afán de cambio ni de experimentación. Sin embargo, tampoco lo necesita. El autor confiere el dinamismo que necesita una obra de este tipo retomando las técnicas de finales de siglo, con cambios de tiempo y lugar bruscos e inesperados, marcando, desde un principio, un complejo entramado de historias individuales que desembocan en una sola. Estudia también las personalidades, no fuerza ninguna. Si bien es cierto que no arriesga en ese sentido -los únicos personajes con algo de profundidad son Alba y Daniel-, el lector no pide más en ningún momento, lo importante es la historia, el ritmo, el estilo, no la profundidad.


LO BUENO


Juan Carlos Boiza sabe muy bien lo que quiere: una historia sencilla, con pegada, que entretenga, pero no dejando de plantear cuestiones que, con mayor o menor rigor, aspiran a ser cuasi existenciales.

Desde un inicio, el lector siente la necesidad de hacer volar su imaginación, es esa la intención del libro y es, precisamente, lo que mantiene la historia. Plantea un reto al lector: un caso, dos asesinatos (que luego son más) y un cuerpo desaparecido... ¿qué pasa aquí?

La estructura de los capítulos, que saltan de Alba a Daniel y de Daniel a Alba, de presente a pasado, de frenetismo puro y duro a una falsa calma, dispersan, poco a poco, pistas de cuál será el final. Al más puro estilo Stephen King, es más importante lo que no se cuenta que lo que sí, llevando por recovecos cuasi sobrenaturales la novela.

Con este recurso, actúa sobre las expectativas del lector. «¿Cómo podría una novela basada en hechos tan descarnados, tan reales, introducir el fantasma de un asesino en su historia? ¿Cómo puede ser tan simple?» Esas fueron mis primeras impresiones, decayendo mis ánimos al leer el libro. No obstante, el ritmo, conjuntamente con esas mismas expectativas, no da pie a pausa. A mitad del libro, al momento de empezar la investigación la teniente Alba, la teoría del lector cambia. Ahí la realidad se ciñe a la obra, y el libro se vuelve, automáticamente, más interesante.

En ese momento, cuando quedan más de cien páginas por delante, el lector presupone que ha adivinado todo y, aunque sorprende en cierta medida, se pregunta qué va a pasar el resto del libro. Y sigue leyendo hasta que, finalmente, el autor rompe con todo y descubre un final que desde un principio se insinúa (de forma levísima) y que el lector es incapaz de imaginar.


Es ahí cuando se puede caer en el panfletarismo, en el «aquí está la historia, aquí el relleno socio político; aquí la carne y aquí la guarnición». Juan Carlos Boiza ha sabido aunarlas en una novela que precisa de ambos platos, de forma que no sobre de ninguno.

Pero no todo en Sabor a tierra es jugar a polis y cacos. Como ya he dicho anteriormente, el autor se ocupa de plantear ciertas cuestiones muy acertadas para estos días.

Entre la avalancha de imágenes, de asesinatos, de escenas realmente sangrientas que le aportan cierta oscuridad a la obra, introduce con agudeza las penas de todos aquellos que ansían encontrar los restos de sus muertos, introduce la Ley de Memoria Histórica. La duda en su día a día, las ganas de tirarlo todo por la borda. Introduce el análisis del olvido y con él, del recuerdo, mediante la figura de la abuela de Daniel, enferma de Alzheimer, premonitoria donde las haya. Estudia el fracaso mediante la figura de Alba, el éxito mediante la de un Daniel que no está mucho mejor que la teniente.

Habla de la libertad, de la justicia, cuestiones tan cotidianas como complejas. En definitiva, no deja títere con cabeza.

Es ahí cuando se puede caer en el panfletarismo, en el «aquí está la historia, aquí el relleno socio político; aquí la carne y aquí la guarnición». Juan Carlos Boiza ha sabido aunarlas en una novela que precisa de ambos platos, de forma que no sobre de ninguno.


LO MALO


La novela también tiene sus contras. Es una historia que, analizada en frío, pudiese haber dado pie para más. No sobra de nada, pero quizás falta de algo. La novela termina con un sabor agridulce, con un regusto de insatisfacción. Durante la lectura, todo concuerda, no hay errores, determinados momentos sorprenden bastante, transmite lo que quiere transmitir... Pero al final se queda uno algo impasible. El final es rompedor, literalmente, pero da la sensación de que no es el adecuado. Respecto a las dudas que plantea, no sobra de nada, pero de nuevo, se podría haber dado pie a una reflexión mucho más amplia. Da la impresión de la crítica se ve ensombrecida por la necesidad de mantener la tensión, llegando el lector, en momentos muy puntuales, a plantearse si el hecho de que se hable de la Guerra Civil es realmente necesario.

Pero quizás, por no decir seguro, lo peor de todo haya sido el continente. El contenido es bueno, como en todo tiene algún fallo, da pie a más, es verdad. Pero la historia es entretenida y encima no está exenta de reflexión, algo muy necesario a día de hoy y, ante todo, muy ligado a los gustos.

Sin embargo, el descuidado en la edición es sorprendente. Es normal, en una novela medianamente larga, encontrar alguna errata. Pero en Sabor a tierra, a más aumenta la tensión, más aumentan los errores. Llegado el momento, se vuelve realmente molesto seguir con la lectura. Bien es cierto que el argumento invita a seguir, pero es todo un obstáculo.

Quizás la culpa sea, más que del autor, de la editorial, Acen, pero el problema sigue ahí. No obstante, lo importante realmente es la historia, y esa no se vuelve molesta en ningún momento.


CONCLUSIÓN


Sabor a tierra es una novela sencilla, una obra policíaca que mantiene los cánones del estilo, que plantea un reto al lector y lo invita a continuar. Es cruda y, en cierto modo, bastante realista, pero no termina de superar la barrera de la ficción. El lector se siente como si estuviese dentro de la historia, imagina a la perfección todo lo que pasa, la redacción lo consigue y eso la vuelve maravillosa. Sin embargo, no deja huella. Plantea unas dudas que se encienden mientras se leen y se apagan al cerrar el libro.

Exceptuando alguna que otra escena más dura de lo normal, puede ser un libro perfecto para cualquier persona (niños aparte) que busque un libro rápido de leer y entretenido, que le mate el tiempo y que, incluso, le pueda hacer reflexionar e investigar sobre su historia, pasado y presente.


Puede ser un libro perfecto para cualquier persona que busque un libro rápido de leer y entretenido, que le mate el tiempo y que, incluso, le pueda hacer reflexionar e investigar sobre su historia, pasado y presente.


Juan Carlos Boiza, autor de Sabor a tierra, Síndone, El libro de Toth, Relatos en el límite, Cuentos Solidarios 2008, 2009 y 2019.


Esta reseña forma parte de la Iniciativa Ningún Autor sin Reseña (pincha aquí para saber más sobre ella)





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